Comparten mis mimos

24 de junio de 2010

LA HABITACION PROHIBIDA ( III )

Asomó ligeramente la cabeza, permitiendo que el resto de su cuerpo se adentrase con la fuerza de la inercia.
Una vez en su interior, sus ojos se abrieron de par en par hasta adaptarlos a la penumbra; apenas se  colaba  un hilo de luz por el vano abierto en el muro desde el salón. Buscó, pero no había ventana alguna que dejase entrever porque momento del día caminaba el reloj. Echó una ojeada rápida a toda la recámara escudriñando entre las sombras para luego ir deteniéndose en todo aquello que le resultaba llamativo. 
Lo primero que atrajo su atención fue una cara negra como el carbón, que colgaba enfrentada a la entrada misma de la habitación, tallada en madera maciza, con forma alargada, prominente nariz y los orificios destinados a los ojos, profundamente remarcados en un intenso color rojo. Del mentón pendían unos largos y gruesos mechones negros a modo de sotabarba. Su primer impulso fue el de tocarla, pero recapacitó por unos instantes y se alejó dando diminutos pasos a su izquierda.
Al fondo, en uno de los rincones se ubicaba un camastro, más bien pequeño, sobre el cual reposaba extendida la piel de lo que antaño fuese un animal, a modo de frazada. Se acercó tímidamente a los pies de la misma, cerró sus ojos y pasó suavemente por encima sus  menudos dedos, figurándolo vivo entre sus manos, sintiendo el ardor de la sangre bombeando sus venas, se recostó en el lecho, acariciando con su mejilla tan delicado tegumento.
Hubiera pasado allí acurrucada largas horas si no fuera porque el tiempo corría en su contra, así que se incorporó de un salto, emergiendo de su sueño y volviendo a su realidad inmediata.
Giró sobre sí misma para dirigirse a la puerta por donde había entrado, pero algo reclamó su curiosidad.

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